<![CDATA[Cruzada Milicia de Santa Maria Chile - Cápsula Tomista]]>Sat, 12 Mar 2016 19:27:05 -0300Weebly<![CDATA[Ayuda para la excelencia]]>Tue, 30 Jun 2015 21:23:42 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/ayuda-para-la-excelenciaParece que la excelencia a que aspiramos requiere de la ayuda de Dios para seguir siendo y lograr la plenitud del ser y del obrar, que nos viene al participar en el mismo amor de Dios.

Fue realmente impresionante el testimonio de un medallista paraolímpico, ciego desde los 12 años, al relatarnos con sencillez y profundidad el proceso que recorrió hasta lograr su preciada “medalla de oro”. Acompañado de uno de los guías con los que entrena y corre, este atleta nos contó su rebeldía inicial –contra Dios, contra el mundo, contra sí mismo- su progresiva a aceptación, su entrega al deporte y el constante esfuerzo para dar siempre un poco más. Un fuerte testimonio de superación y de excelencia. Y, con todo, casi lo más impresionante del hecho era que cada palabra y gesto suyos ponían de manifiesto que nunca lo hubiera logrado solo. Nunca… La medalla era de todo el equipo, repetía mientras señalaba a su guía. Él ponía todo de su parte, pero ese esfuerzo se completaba y perfecciona con el de sus guías, sus motivadoresypor supuesto con el de Dios, a Quien aludió varias veces. Con Él se había reconciliado trassu rebeldía inicial y le daba las gracias por haberle ayudado y sostenido cada día, sobre todo en el constante esfuerzo de aceptación de su situación y de la superación en el deporte.

De hecho, ¿podríamos hacer el bien, superarnos hasta la excelencia, no sólo profesional sino también moral, sin la ayuda de Aquel que dijo “sin Mí nada podéis hacer” (Jn 15, 5)? ¿Podría, incluso, alcanzarse una excelencia profesional desligada de la bondad moral? Pero si es así, ¿dónde queda nuestra libertad? ¿A quién habría que atribuir entonces la medalla de oro?

Santo Tomás de Aquino ya se planteó esto en su época. Y la clave de su profunda respuesta remite a la explicación última de nuestro ser. En efecto, si nuestro ser y nuestra existencia no es algo absoluto en sí mismo, sino que, dicho en términos filosóficos, es contingente, entonces necesita de una causa externa que le dé ese ser y le permita vivir. Esto es claro si pienso que no puedo asegurarme un minuto de vida, aunque deba poner todo de mi parte para conservarla. En este sentido más profundo, si existimos y si vivimos es porque Dios, Causa última de todo, nos mantiene en el ser, nos mantiene vivos. Y desde esta explicación es que necesitamos de Dios para existir y para obrar bien. Sí, pero como Dios no nos ha hecho autómatas, sino seres con capacidad de conocer y de elegir libremente, podemos tomar decisiones y actuar –para bien o para mal.

Ahora bien, sin embargo, todos sabemos lo que nos cuesta hacer el bien, sobre todo de forma constante, y tenemos experiencia de que, queriendo obrar bien, a veces obramos mal. La causa es que nuestra naturaleza está herida por algo que nos ha dejado una profunda huella: el pecado original. No pervierte nuestro ser, pero lo ha dejado con una debilidad para el bien que es preciso corregir. Dios, que lo sabe y no deja solos con esto, por amor nos ha conseguido la “gracia” para corregir ese desorden y desequilibro y poder así obrar según lo que es realmente bueno, perfeccionándonos como personas.Supuesto esto, el hombre puede “con sus propias fuerzas naturales realizar algún bien particular, como edificar casas, plantar viñas y otras cosas así, -también correr y correr bien hasta ganar medallas- pero no puede llevar a cabo todo el bien que le es connatural sin incurrir en alguna deficiencia” (Suma Teológica, I-IIa, q.109, a. 2).

Este don gratuito de Dios es no sólo algo habitual –nos mantiene en lo que somos y hacemos y lo corrige- sino también algo extraordinario –como al permitirnos participar de su misma vida divina perfeccionándonos en el amor supremo y hacernoscompartir la vida de Dios, elevándonos sobre nosotros mismos –cosa que escapa a nuestras fuerzas. En ambos casos, la obra buena sobrenatural se explica por la acción de la gracia de Dios en nosotrosque nos mueve, incluso, a aceptarla libremente, pues “el mismo movimiento del libre albedrío por el que nos preparamos a recibir la gracia como don habitual es, por una parte, un acto producido por el libre albedrío bajo la moción divina... y por otra parte, es un movimiento del libre albedrío que tiene su causa principal en Dios” (Ibid, q.112, a. 2).Manifestación de que no perdemos la libertad al secundar la gracia de Dios es que también podríamos rechazarla. Y, aunque no es la mejor, es una opción. 

Parece, pues, que esa excelencia a que aspiramos –en el atletismo, en otra profesión o en la vida normal- requiere de la ayuda de Dios para mantenernos en el ser y lograr además la plenitud del ser y del obrar, que nos viene al participar en el mismo amor de Dios. La medalla olímpica o la obra bien hecha son importantes, pero se perfeccionan de forma absoluta cuando las realizamos con y por Dios y si aceptamos el regalo de vivir como “hijos adoptivos” y herederos de Dios. La consecuencia de esto será,además, algo mucho más grande que cualquier medalla: la vida eterna, la transcendencia por antonomasia.

Esther Gómez
Centro de Estudios Tomistas

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<![CDATA[La dignidad de la persona]]>Tue, 30 Jun 2015 21:17:36 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/la-dignidad-de-la-personaDifícil de entender, pero de gran importancia: Lo característico de la persona, ese ser completo en sí mismo, único, incomunicable e irrepetible, conlleva que toda vida personal toque y transforme a su paso otras vidas, para bien o para mal.

Hace poco escuchaba acerca de los derechos que la legislación chilena reconoce al nasciturus ya desde el seno de su madre. Tal afirmación opera a partir del hecho de que todo ser humano es persona. Pues, efectivamente, ¿podría existir un ser humano y no ser persona, como si la vida personal le adviniera en un momento posterior al inicio de la vida, al modo como les salen los dientes a los niños? Si así fuera, ¿qué sería antes?

Persona es ese ser que puede conocer su fin y dirigirse libre y conscientemente a él. Su capacidad de elección y, por tanto, de ser dueña de su vida procede de su espiritualidad, de su racionalidad. Racional no sólo en cuanto capaz de conocer y expresar la realidad en lo que es y de discernir el bien y el mal, sino también de dirigirse a sí misma pudiendo orientar su vida hacia lo que le perfecciona: tender lazos interpersonales en una comunicación en el amor.

Santo Tomás dice que “persona significa lo más perfecto que hay en toda la naturaleza, o sea, el ser subsistente en la naturaleza racional” (Suma Teológica, Ia, q. 29, a. 3, in c), por lo que posee “gran dignidad” (ad. 2) que pide ser reconocida y valorada. Lo mismo se aplica al nasciturus, o al niño con retraso, o al criminal de guerra, o al presidente de una gran empresa. Y esta dignidad proviene, no de las Naciones Unidas o de la Carta de los Derechos Humanos, sino en última instancia de Dios, al crearnos a su imagen y semejanza.

Efectivamente, la vida del ser humano es tan especial que convierte cada hombre en un ser único, completo en sí mismo, irrepetible y con una vida interior propia, incomunicable, es decir, personal. Lo ‘personal’ implica una vida absolutamente única, irrepetible e irreducible a otra –aunque tengamos en común con los demás el pertenecer al mismo género, el humano. La persona tiene identidad, es ella misma con su pasado, presente y proyección futura, de lo cual puede ser consciente. Cada persona hace historia, su propia historia y sobre cada una podría escribirse una biografía exclusiva. A la vez descubrimos que la riqueza de cada persona es tal que está llamada a trascenderse, a tender puentes y a comunicarse con otras personas, desde su propia intimidad. Por eso no construye la historia aisladamente, sino entrelazada con otras vidas personales, igualmente únicas e irrepetibles con las que traza la historia en una comunicación de su vida personal íntima. El fruto de sus decisiones y de sus actos, lo que haga o deje de hacer, influye en los demás –para bien o para mal. Precisamente en su mes, podemos considerar cómo el P. Hurtado tocó para bien muchas vidas en Chile. Sin duda. Y a su vez también él fue tocado por otras: su madre, sus tíos, sus educadores y directores espirituales, los desheredados. Optó libremente por lo mejor, aunque no fuera siempre lo más fácil, e hizo mejor la vida de muchas personas. Pero, ¿y si no hubiera existido o no hubiera tomado tal opción?

Así es, en cuanto persona, nadie es suplantable: sólo ella puede ‘tocar’ y ‘transformar’ su vida y las que le rodean. En lo grande en lo pequeño, en lo extraordinario y en lo cotidiano.

Esther Gómez
Centro de Estudios Tomistas

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<![CDATA[La familia, según el orden del amor]]>Wed, 20 May 2015 21:20:49 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/la-familia-segun-el-orden-del-amorAmor que se traduce en estudiarla, superando ignorancias y prejuicios, y disponerse humildemente a ser ayudado, e incluso, corregido.

Carta de los Derechos de la Familia, documento emitido por la Sede Apostólica, cumplirá su 30º aniversario este año.

Si no nos podemos explicar la vida como exclusivo fruto del logro y voluntad personales, sino que siempre descubrimos a personas que han contribuido y colaborado no sólo para que existiéramos sino para tener esta u otra vida, es cierto que tampoco nos proyectamos ahora ni en el futuro de forma aislada. Mi ser no se explica sin la intervención de mi padres y, en última instancia, del Creador –sólo él puede crear de la nada mi alma espiritual, que es, por eso, absolutamente única y singular. En efecto, es un hecho que los demás son fundamentales en nuestra vida, de alguna forma los necesitamos. Pero también es verdad que tal necesidad no explica ni agota del todo nuestras relaciones con los demás, en cuyo caso correríamos el riesgo de vivir con los demás sólo por el interés de la sobrevivencia.

Esto es el reflejo de una verdad muy profunda del ser humano, y es que precisamente por nuestra dignidad de personas las relaciones, aun necesarias, con los demás, no pueden reducirse a un mero intercambio instrumental de mercancías o servicios. No somos un homo economicus sino personas hechas para trascenderse a sí mismas en la comunión interpersonal.Por eso, la manera en que esas relaciones responde mejor al valor de la persona con toda su dignidad es la de gratuidad y del amor desinteresado. 

No es fácil amar y ser amados desinteresadamente, por eso tendemos a hacer valer ante los demás nuestros méritos personales para ser valorados positivamente. Pero esto último hace consistirnuestro valor en algo que podemos lograr o que podemos perder –un puesto, el dinero, un título. De nuevo existe un riesgo, esta vez el de la apariencia y el engaño, que tampoco deja lugar a la gratuidad. Por las características que buscamos tal relación parece responder a lo que Tomás de Aquino, siguiendo a Aristóteles, denomina verdadera amistad o amistad entre los buenos. En efecto, se la puede identificar a través de cinco condiciones que seta amistad cumple: cada amigo quiere que su amigo exista, quiere además su bien y lo procura con hechos concretos, convive con él en armonía y paz, y se de unión de sentimientos hasta el punto de alegrarse o entristecerse cuando el amigo se alegra o entristece (Suma Teológica, II-IIa, q. 25, a. 7, in c).

Y sin embargo, si ésta es la manera en que crecemos más plenamentecomo personas debe existir una instancia natural que la favorezca. ¿Y cuál es el lugar natural en que podemos amar y ser amados por los demás no por los beneficios que aportemos o por las necesidades que se satisfacen sino por lo que somos? ¿Cuál es el lugar que más puede favorecer la verdadera amistad por la que se quiere al amigo como un bien y se quiere su bien por sí mismo?

Por eso, el amor a la verdad es condición para cualquier otro amor: no se puede amar lo que no se conoce, y el que ama quiere profundizar siempre más en la verdad de su amado. Amar la verdad hace posible amar de verdad.

El que ama la verdad quiere ayudar a salir a los que viven en la falsedad o el error y por eso les corrige. Desde esta actitud, la corrección cobra un cariz positivo: como ayuda en el camino de la madurez personal.

Así, pues, amar la verdad no sólo implica estudiarla superando ignorancias y prejuicios, sino también contar con la disposición humilde del que puede ser ayudado, e incluso, corregido, en el camino hacia la verdad.

Esther Gómez/ Gonzalo Letelier
Centro de Estudios Tomistas

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<![CDATA[Cada vida importa – también y especialmente en las inundaciones]]>Wed, 22 Apr 2015 21:26:17 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/cada-vida-importa-tambien-y-especialmente-en-las-inundacionesEl inmediato despliegue de ayudas para paliar lo posible el desastre es señal de muchas cosas. Una inmediata es la solidaridad que lo anima, y, lo que está por detrás, el reconocimiento de lo que vale cada persona. Por eso merecen la pena todos los esfuerzos que haya que hacer para sacar del barro a las víctimas, o para llevarles alimentos o para limpiar. Y así con todo, porque cada persona valiosa por sí misma. Y  esto es un motivo de asombro, el misterio de la persona en su valor.

No deja de admirarme la riqueza de cada ser humano, su tremenda potencialidad y que sea irrepetible e insustituible de una manera tan original. Pero junto a esa riqueza descubro su fragilidad y su dependencia, lo cual también me provoca estupor. Y me asombra una vida que es tan poderosa en algunos aspectos mientras que en otros es tan frágil, precisamente porque ambos aspectos se tienen que dar en un equilibrio, nada fácil de lograr.

La grandeza de una obra de arte, o la de un acto libre, que no se deja reducir a nada anterior y por lo tanto es imprevisible, procede de la vida personal. Santo Tomás de Aquino, buen conocedor  de este misterio, presenta la explicación de tales actos a partir de sus manifestaciones. El mismo ser personal es invisible a los ojos pero se manifiesta. Precisamente por su carácter de invisible algunos pueden dudar de él, o reducirlo a cuantificaciones. Nada más lejos de su ser propio. El valor de una vida humana no se mide por su tamaño, ni por su apariencia física o los logros que consiga, que son consecuencias o efectos de esa vida, pero que no se dan siempre o necesariamente ni en cualquier circunstancia. El valor de una vida humana procedede su ser que le da vida, que es un ser personal, y ese ser, como vimos,es frágil y necesitado de sujeción y apoyo, sobre todo en ciertos momentos. Por eso hay que ser consecuente con su valor y no hacerlo depender de circunstancias cambiantes o ajenas a su mismo ser. Nadie duda de que es la misma persona cuando duerme o cuando está despierta, aunque sólo cuando estamos despiertos somos capaces de pensar o de elegir, y por lo tanto tampoco debería dudar de que vale lo mismo. ¿Y qué decir de esa vida en sus estados iniciales, en que va desplegando lo que ya es aunque no se perciba con los ojos? ¿No sería ilegitimo o ilógico dudar de su valor?

Es muy claro Santo Tomás al valorar la vida y rechazar por tanto, lo que no la respeta y cuida en lo que es: “Entre todos los males que se pueden ocasionar al prójimo, el más grande es matarlo, de ahí que se prohíba” (Comentario a los Mandamientos). Por eso identifica las maneras en que se puede matar a otros: con las propias manos, con las palabras provocando, por complicidad o al consentir la muerte de alguien, cosa que sucede explícitamente “cuando se da muerte a una mujer embarazada” porque se mata también al niño que lleva en su seno. Por eso, la verdad objetiva de que cada vida humana importa en sí misma y que ninguna sobra, hay que personalizarlo hasta poder decir: cada vida nos importa porque su valor no depende de nosotros sino de sí misma.

Y si además, pensamos que Dios mismo asumió esa vida humana, desde sus inicios en el seno de una mujer, pasando por todos los estadios de su desarrollo, y que con ello nos mostró el elevado destino a que nos llama –vivir como sus amigos-, entonces cada vida adquiere un valor incluso mayor.

Por eso, especialmente estos días de Semana Santa es tan impactante ver a ese Dios hecho carne que asume todo lo propio de la vida del hombre, también su fragilidad y el sufrimiento que es su consecuencia.  La cruz de Cristo es una respuesta al sufrimiento, también al que estamos viviendo ahora.

Esther Gómez
Dirección de Formación e Identidad

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<![CDATA[Eso que mueve montañas y amplía nuestro conocimiento: la fe]]>Tue, 10 Mar 2015 21:27:50 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/eso-que-mueve-montanas-y-amplia-nuestro-conocimiento-la-fe“La fe crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y de gozo”.

Si nos preguntamos por la fuente de nuestros conocimientos, unas cosas las descubrimos directamente y otras indirectamente, por medio de alguien que nos los transmitió y por cuya autoridad las tomamos como verdaderos. De esta manera conocemos acerca de nuestra vida y familia –árbol genealógico-, estudios y profesión, conocimientos científicos de los que nos fiamos casi sin entender -¿cuántos sabrían explicar por qué la luz se prende al apretar el interruptor o por qué el paracetamol alivia el dolor? La confianza es inherente a nuestra vida y a nuestro modo de conocer. Y no por eso estas certezas tienen menos valor, pues, aunque uno no pueda abarcarlo todo, si se fía de otros puede ampliar su mirada. Además, el confiarse a otra persona, sobre todo si le se ama por sus conocimientos y honestidad, posee significado antropológico. ¿Podríamos vivir sin amar y sin ser amados?  

Confiar, creer en el otro y en lo que nos dice, es tener fe que, en el plano humano, nos permite conocer cosas fuera de nuestro alcance. Pero si éstas responden al anhelo de absoluto que anida en nuestro interior y se abren a la trascendencia, la fe adquiere una dimensión sobrenatural. Así, cuando se experimenta el amor de Dios, que se acerca al hombre y se le muestra dándole respuestas, la mejor opción –aunque no la única, por eso requiere la libre aceptación- es abandonarse en Quien es suma verdad y digno de plena confianza y ganar así la certeza sobre la propia vida y la de Dios (Cfr. Porta fidei, 7).

Esta fe, que cree en Dios y cree a Dios, se vive entonces como plenitud. Primero, porque amplía nuestro conocimiento con lo que Dios nos revela –contenido objetivo de la fe- y perfecciona nuestro amor –a sí mismo y a los demás- a la manera divina. Pero sobre todo porque gratuitamente nos entrega una riqueza de trascendencia eterna. De ahí que Santo Tomás defina la fe como “acto del entendimiento que asiente a la verdad divina bajo el imperio de la voluntad movida por la gracia de Dios” (Suma Teológica, II-IIa, q. 2, a. 9, in c). Es uno el que cree en lo que Dios revela dándonos su Palabra, su Hijo, y le entrega su vida emprendiendo un camino para siempre. Pero no cree en solitario, pues esta puerta de la fe a Dios, se ha concretado en quienes recibieron Su revelación y la custodiaron: la Iglesia de Cristo. Uno cree en singular, pero en la comunidad de fe.

La fe no es algo teórico, sino que afecta la vida entera. Por eso en cada creyente en la Palabra de vida, Cristo, la fe ha ido modelando en continua conversión, sus pensamientos, afectos y comportamientos. Muchos testimonian esta transformación, que sigue actuando en medio de limitaciones y miserias.

Así el Papa Benedicto XVI invita al inicio del Año de la Fe -octubre 2012 a noviembre 2013-, a “redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo” (Porta Fidei, 2). 

Esther Gómez
Centro de Estudios Tomistas

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<![CDATA[La verdad de las cosas o si todo es relativo]]>Mon, 09 Feb 2015 22:32:20 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/la-verdad-de-las-cosas-o-si-todo-es-relativoEs difícil, pero no olvidemos que podemos conocer la verdad. A partir de ese conocimiento, debemos extraer las conclusiones y consecuencias adecuadas para la vida práctica, es decir, si es bueno o malo, si es lícito o no, y actuar en consecuencia. Porque solamente la verdad “nos hará libres” (Jn. 8, 32)

La reciente discusión sobre el “aborto terapéutico” ha puesto en evidencia una gran diversidad en el modo de abordar el problema y en las posturas para resolverlo. Parecería que para unos las cosas son de una manera, para otros son de otra; para otros, en fin, la cuestión es absolutamente indiferente. Tampoco faltan quienes, resignados, afirman que la sociedad consiste precisamente en aprender a convivir con esta diversidad de opiniones incompatibles. ¿A qué se debe esto? ¿Es que las cosas varían y “cada uno tiene su verdad”? ¿O lo que varían son nuestras interpretaciones y juicios de una misma realidad? Y, en cualquier caso, ¿qué actitud hay que tomar?

Ante un tema como este, siempre es una buena opción preguntarle a personas sabias y prudentes para recibir una orientación que guíe el actuar, practicando así la virtud del consejo, que forma parte de la prudencia. La doctrina de Santo Tomás de Aquino, nuestro patrón e inspirador, puede ser esa fuente de sabiduría que nos oriente.

Nos sale al paso, en primer lugar, uno de los principios tomistas más básicos: el del realismo. La realidad existe, no es invento de nadie, ni siquiera de los que la perciben distintamente. Fundamento de este principio tomista es el deseo natural y común a todos los hombres de conocer esa realidad por medio de la inteligencia. Ese deseo no se satisface con apariencias o prejuicios más o menos difundidos: queremos conocer las cosas tal cual son. Preguntamos para obtener respuestas y discutimos con otros porque creemos tener razón.

Esta aspiración tan cotidiana nos hace inevitable abordar al gran tema de la verdad, de la posibilidad de conocerla y de sus detractores, tan difundidos hoy por hoy en todos los ámbitos de la vida. Quizás los dos principales son relativismo y el escepticismo. Partamos por ellos.

Según el primero, todo depende de las circunstancias, siempre relativas a personas, culturas o situaciones concretas, y por lo tanto no puede afirmarse la existencia de algo verdadero en sí mismo y para todos. Según esta posición, incluso si se admitiera la existencia de una realidad única, su conocimiento dependería de cada persona, por lo que tampoco se podría hablar de una verdad universal, sino sólo relativa al sujeto, es decir, subjetiva. Si no hay verdad, tampoco habrá bien y mal objetivos, y entonces se podrá justificar cualquier acción o actitud. Santo Tomás responde a esta tesis con su habitual claridad y concisión: “lo conocido está en quien lo conoce según el modo de quien lo conoce” (Suma Teológica, I, q.14, a1, ad 3, y otros muchos textos). Según este principio, es innegable que cada uno conoce la realidad desde su propia perspectiva y desde su propia experiencia; pero la realidad que todos conocemos es siempre la misma. Si hay diferencias en las perspectivas es precisamente porque hay acuerdo en que las cosas son de algún modo y no de otro; por eso discutimos. Si cada uno tuviera su propia verdad, ¿qué sentido tendría confrontarlas, si todas valen lo mismo? ¿Para qué pensar y estudiar si todas las opiniones son equivalentes? La experiencia nos muestra que discutimos desde distintas experiencias para conocer una única verdad.

El escepticismo, por su parte, niega o, al menos duda, de la misma posibilidad de conocer la realidad. Esta tesis tiene la ventaja de que logra disfrazar la pereza intelectual con los ropajes de la seriedad y el rigor científicos. Así, por ejemplo, cuando algunos escépticos afirman que “sólo los fanáticos dicen conocer la verdad”, lo que en realidad están diciendo es “prefiero evitarme el esfuerzo de buscar la verdad y la responsabilidad de actuar según ella”. Tomás de Aquino es el primero en reconocer que es muy difícil conocer completamente incluso las cosas más ínfimas: “las esencias del las cosas nos son desconocidas” (De Veritate, q. 10, a.1). Y sin embargo, aunque sea de modo parcial e imperfecto, conocer significa conocer la verdad. Expliquemos esto.

Santo Tomás afirma una prioridad del ser frente al conocer. Conocer algo no le añade nada al ser de esa cosa, porque las cosas ya existen independientemente de que yo las conozca. El conocer significa simplemente que esta cosa externa se hace presente a mi inteligencia. Y así, afirma que “el entendimiento toma de las cosas la ciencia” (De veritate, q. 1, a. 2, ad. 4). En esto consiste la verdad: “la conformidad o adecuación de la cosa y del entendimiento”. Por eso, “el conocimiento es un cierto efecto de la verdad” (Ibid, q. 1, a. 1 c). 

La existencia de la realidad – que tiene su causa en Dios – es lo que hace posible alcanzar la verdad. Las cosas son lo que son porque Dios, en su infinita sabiduría, las piensa y decide que existan. Esto significa que la realidad es razonable y que puede ser entendida también por el hombre. Que no podamos conocerlas por completo no significa que no las conozcamos en absoluto. Y conocerlas es saber lo que son, o sea conocer su verdad.

Por eso, siguiendo estas pistas de Santo Tomás y volviendo a nuestro tema, es posible y urgente centrar el debate en la verdad del ser humano desde su concepción, y sólo desde allí determinar en qué consista el aborto provocado. Es difícil, pero no olvidemos que podemos conocer la verdad. A partir de ese conocimiento, debemos extraer las conclusiones y consecuencias adecuadas para la vida práctica, es decir, si es bueno o malo, si es lícito o no, y actuar en consecuencia. Porque solamente la verdad “nos hará libres” (Jn. 8, 32)

Esther Gómez / Gonzalo Letelier
Centro de Estudios Tomistas

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<![CDATA[Libres para la verdad]]>Wed, 14 Jan 2015 22:37:41 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/libres-para-la-verdadSomos libres, sí, pero, ¿para qué?,¿para hacer lo que nos venga en gana o hay algo más? Esto noslleva a cuestionar el sentido de nuestra libertad, y para ello preguntemos al maestro Tomás de Aquino.

Precisamente por ser un acto de la naturaleza personal, concibe el acto libre dentro del esquema de la tendencia de cada ser natural a su fin específico. ¿Cuál es nuestro fin? De forma absoluta y perfecta es la consecución del Bien Supremo, Dios. Para ello debe predisponerse con una vida activa que, a través de la práctica de las virtudes morales e intelectuales, perfeccione cada una de las “herramientas” dadas por la naturaleza para ello. Tales herramientas, que son las facultades, logran su plenitud en la medida que consiguen su objeto propio, cosa que sucede al realizar su acto específico con la máxima perfección. Todos sabemos, por ejemplo, que se puede ver y ver; así, no es lo mismo ver una mancha de luz que discriminar que lo que se acerca por la calle es un auto a gran velocidad. La capacidad visual se actualiza máximamente en el segundo caso. Lo mismo pasa, entonces, con las facultades espirituales: voluntad y entendimiento.

Pues bien, si nos abocamos a los actos propiamente humanos, que son los que “proceden de una voluntad deliberada” (Suma Teológica, I-IIa, q. 1, a.1, in c), la libertad es para Santo Tomás esa “propiedad –o facultad- de la voluntad y la razón” (Ia, q. 19, a. 10, ob. 2) por la que elegimos un bien racional. La elección de un bien frente a otros posibles –siendo que no estamos determinados necesariamente hacia ninguno de ellos en tanto que sonsólo medios o bienes parciales para el fin último, hacia el cual sí tendemos necesariamente-, es el elemento central del libre albedrío. Tal decisión presupone tanto el entendimiento, al brindar un conocimiento de la realidad, como la voluntad, al querer el bien presentado como tal por la razón. Y en cada una de estas operaciones, hay que presuponer, de nuevo, que la razón conoce –o puede conocer- de forma verdadera la realidad –adecuándose a ella- y que la voluntad tiende, de forma natural al bien y que por eso, todo lo querremos en tanto que se nos presenta como algo bueno. El hecho, sin embargo, de que elijamos lo que se nos presenta como bueno, no implica necesariamente que efectivamente y en sí mismo lo sea –debido quizás a un juicio errado. Por eso no cualquier acto libre perfecciona la libertad sino sólo el que elige un verdadero bien –lo cual implica conocer la verdad y adecuar la tendencia racional de la voluntad a la misma en tanto que bien real y no sólo aparente. Así, de la afirmación de que “La libertad respecto del bien es más libertad que la libertad respecto del mal” (In II Senten, d. 25, a.5, ex. 150) se puede lógicamente concluir que “querer el mal ni es libertad ni parte de la libertad, aunque sea un cierto signo de la libertad” (De veritate, q. 22, a. 6, c).

Sólo elegir lo bueno perfecciona nuestra libertad y a nosotros como personas, de ahí que sólo una libertad ejercida de acuerdo a nuestra verdad personal, y no de la arbitrariedad o capricho del momento, nos libere realmente. Como dijo Ratzinger: “Para no conducir al engaño y la autodestrucción, la libertad debe estar orientada por la verdad, es decir, por lo que realmente somos, y debe corresponder con nuestro ser. Puesto que la esencia del hombre consiste en ser a partir de; ser con y ser para, la libertad humana sólo puede existir en la comunión ordenada de las libertades” (Verdad y libertad).

Esther Gómez
Centro de Estudios Tomistas]]>
<![CDATA[En el mes de la patria ]]>Tue, 16 Sep 2014 21:35:11 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/en-el-mes-de-la-patria 

 "Cuando Dios terminó la creación se dio cuenta que había muchos trozos sueltos. Tenía partes de ríos y valles, de glaciares y desiertos, de montañas y bosques y praderas y colinas. En vez de dejar que estas maravillas se perdieran, Dios las dispuso en el lugar más remoto de la tierra. Así es como se creó Chile".

(Anónimo, Mitos y leyendas de Chile).

   Muchos han sido los festejos y eventos para celebrar el Bicentenario de la autonomía  y del inicio de la independencia de Chile. Y esto, como no podía ser de otra manera, enmarcado dentro de los sucesos que, como patria, nos mueven día a día como el reciente y feliz desenlace del rescate de los mineros. Obviamente, y más allá del “Chi, Chi, Chi…”, todas esas vivencias ponen de relieve un sentido de pertenencia que nos pide a cada uno, como contraparte, cierta correspondencia nacida del sentimiento de responsabilidad: Chile también es “mío”. Con este marco de fondo, puede sernos útil preguntarnos –de la mano del maestro de Aquino- el porqué de esta correspondencia a la patria.  

   Es evidente que, siempre que recibimos algo, nace la necesidad de devolverlo de alguna manera. Es lo que expresa el refrán que dice: “es de bien nacidos, el ser agradecidos”. Y así, cuanto mayor es el don recibido, mayor será la deuda. Esta es la base de la virtud de la justicia que, como ya vimos, consiste en la disposición constante y alegre de dar a cada uno lo suyo, lo que le es debido. Intuimos ya que su alcance es mucho mayor que la mera justicia legal y que abarca muchos ámbitos, pues, incluso sin pedirlo, hemos recibido el ser, la vida, la educación, una cultura, etc. Por eso, a cada bien recibido, le corresponde una virtud con la que “dar lo debido”: A Dios, a nuestros padres, a la sociedad y patria, etc.

   Dice Santo Tomás: “Después de Dios, los padres y la patria son también principios de nuestro ser y gobierno, pues de ellos y en ella hemos nacido y nos hemos criado. Por lo tanto, después de Dios, a los padres y la patria es a quien más debemos” (Suma Teológica, II-.IIa, q. 101, a. 1). De los padres recibimos la vida, la crianza, la educación, y de la patria, que en su etimología significa “tierra de los padres”, recibimos un hábitat, una cultura, una tradición, una herencia que uno está llamado a transmitir y que, queramos o no, influye en nuestra personalidad. En este caso, nuestra respuesta afectiva y efectiva al don serán el honor y reverencia propios de la virtud de la piedad.

   Centrados ya en la patria, este amor –o patriotismo- debe brotar naturalmente en sus miembros y plasmarse en actos reales. Estos se concretarán, sobre todo, en reverenciarla y servirla –aportando las cualidades y bienes de cada uno para contribuir al bien común. A ese servicio como búsqueda del bien común, y no del enriquecimiento personal, responde las múltiples profesiones que desempeñamos en la sociedad. Una de ellas, de especial relevancia, es la del gobernante al que se pide “considerar que ha sido puesto en el cargo para ejercer la justicia en nombre de Dios; y, por otra, suavidad de mansedumbre y clemencia al considerar a los hombres, que están bajo su gobierno, como propios miembros suyos”(De los príncipes, I, 13). Estas cualidades debe ponerlas al servicio de la búsqueda del bien común, cuya primera exigencia es la paz, interna y externa, para la cual, segunda exigencia, ha de buscarse con ahínco la verdadera justicia. Por otro lado, a todos nos toca facilitar la labor del buen gobernante respetándoles y observando sus disposiciones, siempre que, obviamente, estén dictadas según el bien común y no el bien particular. 

   Así, aparece con claridad que el amor a Chile debe traducirse en obras concretas que broten de todos sus miembros. A esto nos mueven las palabras de San Alberto Hurtado al afirmar con calor que "El patriotismo no ha de ser belicoso con otros países. La nación, más que por sus fronteras, se define por la misión que tiene que cumplir. Querer que la patria crezca no significa tanto un aumento de sus fronteras cuanto la realización de su misión." (Humanismo Social, 1947). Colaborar, pues, en la misión de Chile será la manera de amar la patria.

María Esther Gómez de Pedro
Coordinación Nacional de Formación Personal


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<![CDATA[De nuevo el fútbol y las pasiones que desata]]>Sun, 01 Jun 2014 21:41:11 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/de-nuevo-el-futbol-y-las-pasiones-que-desataVuelve el Mundial de fútbol y con él tantos encuentros, celebraciones, generación de expectativas y muchas pasiones. Como gran parte de la atención está centrada en este acontecimiento, podemos servirnos de él en este espacio para, siguiendo al maestro Santo Tomás, conocer un poco mejor al ser humano. ¿Es que Santo Tomás escribió de fútbol? No tenemos noticia de que lo hiciera, aunque sí, por supuesto, se ocupó del cuerpo humano. Más bien nos orientaremos hacia las pasiones y afectos que desata el Mundial, que podemos aplicar a muchos otros ámbitos de nuestra vida: euforia, alegría, tristeza, confianza, ira, amor, deseos…

Lo primero es saber qué son. A todo movimiento de nuestro afecto, a todo modo de vibrar sensiblemente ante algo que experimentamos, lo denominamos pasión o afecto, según sea su grado de intensidad. Estos afectos surgen espontáneamente en nuestro interior a partir de la percepción sensible de algo, y de alguna manera somos afectados por ellos. Como nos pasa al sentir ganas de probar una comida que huele bien, pues si no la oliéramos no sentiríamos el deseo de comerla. Considerados como efectos causados por algo sensible, los afectos son algo neutro, ni buenos ni malos, pues ¿qué culpa tiene uno de sentir ganas de comer cuando huele a asado? ¿Es que es malo sentir deseos de comer? No, claro.

Sin embargo, aunque en sí mismas no lo sean, vemos que sí tienen consecuencias buenas o malas, en nosotros y en otros. Sentir alegría ante un triunfo deportivo es algo en sí mismo bueno, o al menos no tiene por qué ser malo, pero si esa alegría me lleva a destrozar cosas en un acto de vandalismo, o a beber inconteniblemente para celebrarlo hasta terminar no siendo dueño de mis actos o a pegar a los hinchas del equipo contrario, entonces no es una buena pasión, no está bien encauzada. Por poner otro ejemplo, el jugador que tiene una tarjeta amarilla y que, por miedo a la segunda que le incapacitaría seguir jugando, le lleva a ser más precavido y a controlar sus movimientos y patadas para no cometer faltas, entonces se evita la expulsión, que es un mal real para él y su equipo, lo cual es bueno. Así, parece claro que la bondad o maldad de las pasiones dependerá, por un lado, de si están ordenadas o no al bien del hombre. Este bien, además, lo conocemos gracias a una razón y una conciencia bien formada. Y, por otro lado, dependerá de si lo que las motiva es bueno o malo en sí mismo.

¿Cuáles son esas pasiones o afectos? Siguiendo a los clásicos, Santo Tomás distingue once tipos de pasiones, unas concupiscibles y otras irascibles. Las primeras nacen del amor y del deseo por un bien, y las segundas del esfuerzo por superar las dificultades para conseguirlo.  De esa manera, y a modo de ejemplo, el amor por la Copa del Mundial suscita el deseo de ganarla y la alegría ante la victoria, a la vez que evita las derrotas que, cuando llegan, nos ponen tristes. Por otro lado, ante la dificultad, o la vencemos con esperanza y autosuperación, o nos desesperamos y nos vence el miedo de perder. Un contrincante difícil, por ejemplo, suscita esos afectos, mientras que un mal arbitraje, nos hace enfadar.

Amor o odio, deseo o aversión, alegría o tristeza, miedo o audacia, esperanza o desesperanza, y, en último lugar, ira. Cada pasión tiene su explicación y razón de ser pero pide ser ordenada al bien real, cosa que hacen ciertas virtudes morales. Pero este tema lo dejaremos para otro momento.

María Esther Gómez de Pedro
Dirección de Formación e Identidad

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<![CDATA[El amor es más fuerte]]>Tue, 15 Apr 2014 21:48:40 GMThttp://cmsmchile.weebly.com/caacutepsula-tomista/el-amor-es-mas-fuerteEl amor es clave de la santidad, y por tanto, de una vida plenamente humana.

Resuena estos días un eco de resonancias mundiales y que habla de testimonios de santidad. No es sólo la vida de la Iglesia la que se ve enriquecida con dos nuevos santos: Juan Pablo II y Juan XXIII, sino que también es una riqueza para el mundo entero, pues gozan de cierta ejemplaridad, como modelos concretos de cómo ser plena y verdaderamente humanos. Veamos algo de cada uno de ellos.

Forma parte de la memoria colectiva chilena la potente frase de Juan Pablo II en el Parque O’Higgins esa tarde del 1987 de “El amor es más fuerte”. Con su visita a Chile, con sus gestos y palabras confirmaba cuál esel verdadero motor de la vida humana: el amor. Y si hoy, 27 años después, cuando se le ha declarado santo, repensamos lo que quiso transmitir, su mensajese hace presentede nuevo: Sólo la fuerza del amor y del perdón permite construir algo sólido y estable, mientras que su contrario, precisamente porque se basa en la desconfianza y el odio, genera desunión y destrucción.

Karol Wojtyla no tuvo una vida fácil. En su juventud vio su país invadido y en guerra, también presenció el cierre de su Universidad, trabajó duramente en una cantera, a los 20 años perdió a su padre, único familiar que le quedaba, hubo de estudiar a escondidas para ser sacerdote, y luego ejerció su ministerio en un régimen político contrario, ateo comunista. Y, sin embargo, a pesar de todas estas dificultades, fue un hombre que irradiaba alegría y profunda paz interior, que atraía a cuantos se le acercaban porque de él emanaba un encanto especial que le hacía ser tan amado. Y todo esto porque descubrió en el amor la clave de la felicidad. Él mismo, en uno de sus últimos escritos, afirmó “el amor me lo ha enseñado todo”. El amor da valor a una vida y la transforma. El que se sabe amado por lo que es, tiene la certeza y la fuerza de amar a quienes lo rodean. El amor no hace cálculos sino que se entrega total y generosamente por el bien de la persona amada. La fuente de ese amor total la encontró en Jesucristo, el RedemptorHominis –el Redentor del Hombre, como llamó a su primera encíclica-, que hizo suyas las miserias y pecados de cada persona y las elevó hasta Dios, dándoles su misma vida divina, y la capacidad, por tanto, de amar como Dios ama.

Por eso hizo vida lo que predicaS. Juan de la Cruz de poner amor donde no lo hay, porque sólo de esa manera, puede brotar amor. Aunque difícil, no lo es tanto para quien, como él, se alimentó de la fuente misma del amor. Por eso la verdadera clave de su vida fue su amor a Dios, como respuesta al amor primero de Dios por él, cosa quesupo entregar y traducir en un amor a cada hombre, hasta el final.

Así, pues, lo que quiso regalarnos Juan Pablo con esta frase no es otra cosa que su testamento, que es el de los santos: el amor.

Aunque Juan XXIII nunca visitó Chile, su influencia también llegó aquí. Su docilidad al Espíritu Santo le llevó a convocar un Concilio con el objetivo de renovar la Iglesia desde la fidelidad a lo esencial: El Concilio Vaticano II. Y sus conclusiones se aplicaron en todo el mundo, también aquí. Sabemos que era ya muy mayor y sin embargo, Juan XXIII se lanzó a la aventura de convocar un Concilio, y lo hizo porque no tenía miedo, y no temía porque amaba mucho, pues el amor vence temores y miedos. De nuevo el amor fue la clave de su vida, como lo fue de la de Juan Pablo II. Porque el amor es la clave de la santidad, y por tanto, de una vida plenamente humana. 

Esta gran verdad la confirma nuestro patrón Tomás de Aquino al definir que la santidad o perfección de la vida cristiana consiste esencialmente “en la caridad: principalmente en el amor a Dios y secundariamente en el amor al prójimo” (Suma Teológica, II-IIa, q. 184, a. 3, in c). Por eso las obras de amor a los demás son manifestación de una vivencia profunda y personal del amor:

Quien ama y se deja amar por Dios, ama a sus hermanos incluso hasta dar la vida por ellos. Una vida es tanto más plena cuanto más amor entrega. Esa es la gran lección de todos los santos: la del amor, la de la entrega, la de la valentía por amor a la verdad.

Esther Gómez
Dirección de Formación e Identidad

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